
La lechería argentina produce más y mejor, pero el negocio sigue corriendo detrás del tambo
REDACCIÓNLa lechería argentina parece haber resuelto buena parte de las preguntas que durante años se formuló puertas adentro del tambo. Hoy dispone de genética, tecnología, conocimiento técnico, sistemas de información y modelos productivos capaces de competir con los principales países lecheros. El interrogante que quedó flotando tras la sexta edición del Seminario Internacional de Lechería, realizado en Rafaela, es otro: ¿cómo transformar esa capacidad productiva en un negocio sostenible para quienes producen?
El SIL 2026 reunió a productores, profesionales, investigadores, industrias y representantes públicos alrededor de una agenda extensa: mercados internacionales, gestión empresarial, tecnología, nutrición, consumo, economía y políticas sectoriales. Pero detrás de la diversidad de paneles apareció un hilo conductor: la lechería tiene condiciones para crecer, aunque ese potencial no depende solamente de ordeñar más litros.
La afirmación más contundente llegó de Matías Stangaferro, médico veterinario y docente de la Universidad Nacional del Litoral, luego de comparar sistemas productivos de Argentina, Estados Unidos y México. Su conclusión fue directa: los tambos argentinos bien manejados se encuentran al mismo nivel que los estadounidenses, con tecnologías y resultados productivos y reproductivos similares. La mejora del confort animal, la profesionalización y la rápida circulación internacional del conocimiento permitieron reducir una brecha que tiempo atrás parecía mucho mayor.
No significa que todos los establecimientos hayan alcanzado ese nivel ni que el sistema argentino sea una copia del estadounidense. La lechería nacional conserva una diversidad que combina esquemas pastoriles, sistemas mixtos y tambos intensificados. Lo relevante es que, bajo una gestión adecuada, distintos modelos pueden ofrecer buenos resultados. El límite técnico, por lo tanto, ya no aparece como el principal obstáculo.
La producción crece, pero el precio pierde terreno
Los números del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina respaldan la idea de una actividad con capacidad productiva. En junio, el país produjo 943,4 millones de litros, un 3 % más que en mayo y un 1,6 % por encima de igual mes de 2025. Para todo 2026, el OCLA proyectó inicialmente una producción cercana a los 11.975 millones de litros, aproximadamente un 3,1 % superior a la del año anterior.
Esa evolución, sin embargo, no alcanza para describir la situación del productor. El propio OCLA advirtió que el precio de la leche de junio, corregido por inflación, fue el más bajo para ese mes en los diez años de vigencia de la serie SIGLeA. El tambo promedio produjo más, pero recibió un valor real menor por cada litro entregado.
La contradicción aparece con claridad en otro indicador: durante el primer semestre, el tambo promedio aumentó su producción un 9,2 %, pero su facturación en moneda constante cayó un 11 %. En dólares, la reducción interanual fue del 7,7 %. En otras palabras, la eficiencia y el crecimiento físico no se tradujeron automáticamente en una mejor situación económica.
Tampoco mejoró la porción del negocio que queda en manos de quien produce la materia prima. En junio, el productor recibió el 31 % del valor total generado por la cadena, 2,1 puntos menos que un año atrás y por debajo del promedio histórico. Su participación sobre el valor de salida de fábrica fue del 51,3 %, también inferior a la media de la serie y 4,3 puntos menor que en junio de 2025.
Este es, probablemente, el dato que más tensión introduce en el diagnóstico optimista del SIL. La lechería puede producir más, incorporar tecnología y mejorar sus indicadores, pero esa evolución será difícil de sostener si la rentabilidad no acompaña. No alcanza con tener tambos comparables con los mejores del mundo si los números no permiten amortizar inversiones, renovar infraestructura o preparar el recambio generacional.
El crecimiento también está concentrando la producción
La modernización de la actividad tiene otra cara: el peso creciente de los establecimientos de mayor escala.
Según el OCLA, más de 500 tambos que producen por encima de los 10.000 litros diarios representaron en junio apenas el 6 % de las unidades productivas, pero aportaron el 31,3 % de toda la leche del país. En el otro extremo, unos 4.300 tambos de menos de 2.000 litros diarios constituían el 49 % de los establecimientos y sólo generaban el 13,7 % del volumen nacional.
La tendencia no es circunstancial. Entre 2010 y 2026, los establecimientos que superan los 10.000 litros diarios multiplicaron por seis su participación en la cantidad de tambos y en la producción total, mientras los de menor tamaño fueron perdiendo peso relativo.
Esto no implica que la escala garantice rentabilidad ni que el pequeño tambo esté condenado a desaparecer. Sí muestra que la actividad demanda cada vez más capacidad de gestión, inversión, eficiencia y organización. Por eso el desafío de los establecimientos pequeños y medianos no puede limitarse a producir más litros: necesitan infraestructura, financiamiento, asociativismo, previsibilidad comercial y acceso real a tecnología y asesoramiento.
La sucesión también entra en esa ecuación. En el SIL, Hugo Quattrocchi puso el foco en el liderazgo, la continuidad empresarial y el traspaso generacional, mientras jóvenes productores de Presidente Roca y Ataliva describieron cómo reemplazaron decisiones intuitivas por mediciones, seguimiento, capacitación y sistemas de información confiables.
La frase utilizada por uno de ellos resume el cambio cultural: dejar atrás el “masomenómetro”. La profesionalización ya no consiste solamente en comprar una máquina o incorporar un robot. Supone ordenar datos, gestionar personas, medir procesos y tomar decisiones económicas con la misma rigurosidad con la que se formula una dieta o se analiza la reproducción del rodeo.
Mercados, infraestructura y reglas: el bloque de las promesas
En los discursos institucionales volvieron a aparecer diagnósticos conocidos: necesidad de caminos transitables, energía, conectividad, apertura de mercados, reglas claras y coordinación entre el Estado y el sector privado. Leonardo Alassia reivindicó el peso de Rafaela y su región en la principal cuenca lechera del país; funcionarios provinciales y municipales coincidieron en presentar la actividad como una oportunidad para agregar valor, exportar y generar empleo.
El contexto mundial ofrece oportunidades, aunque tampoco asegura resultados. Durante el SIL, la analista Mónica Ganley sostuvo que la demanda global de lácteos continúa creciendo y que aumenta el interés por proteínas, quesos, fermentados y otros derivados. Al mismo tiempo, los informes internacionales recogidos por el OCLA advierten que la mayor oferta mundial viene presionando sobre los precios y que la demanda china todavía muestra debilidad.
La oportunidad existe, pero aprovecharla exige algo más que producir leche. Requiere calidad, escala comercial, diversificación de destinos, eficiencia industrial y una estrategia exportadora que no quede sujeta a cambios permanentes. También exige sostener el mercado interno, donde las ventas acumuladas durante los primeros cuatro meses de 2026 cayeron 2,1 % medidas en litros equivalentes, aunque los quesos mostraron una evolución más favorable.
Producir alimentos y también defender su consumo
El SIL incorporó un punto que suele quedar relegado en los debates productivos: la necesidad de comunicar el valor nutricional de la leche.
Rafael Cornes, investigador y coordinador de FEPALE, advirtió sobre la circulación de información sin respaldo científico y planteó que la cadena debe explicar mejor el aporte de los lácteos durante las distintas etapas de la vida. Su exposición no fue un agregado lateral: en un mercado interno que todavía no recuperó plenamente su volumen y en el que compiten nuevas narrativas alimentarias, producir también implica construir confianza sobre el producto.
El desafío no consiste en negar que existen consumidores con intolerancias, alergias o elecciones alimentarias particulares. Consiste en evitar que el debate público quede dominado por afirmaciones generales que no distinguen entre evidencia, opinión y publicidad.
Del potencial a una estrategia
El SIL dejó una certeza: la lechería argentina no carece de capacidad técnica. Los buenos tambos pueden competir en productividad, reproducción, manejo y tecnología con sistemas de países desarrollados. La producción nacional vuelve a crecer y el conocimiento está disponible.
Pero también dejó expuesto el verdadero cuello de botella. El precio real recibido por el productor se deterioró, su participación en el valor de la cadena cayó y la concentración continúa desplazando el peso productivo hacia unidades cada vez más grandes.
Por eso, la discusión ya no puede terminar en una exhortación a ser más eficientes. Los productores vienen haciendo esa tarea. Incorporan tecnología, mejoran el confort, producen más por establecimiento y profesionalizan sus empresas. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse esa carrera si el valor generado no regresa en una proporción suficiente al origen de la cadena.
El futuro de la lechería no se definirá únicamente en el tambo, pero tampoco podrá construirse sin tambos económicamente viables. El potencial está. La cuenta pendiente es convertirlo en una estrategia capaz de sostener productores, empresas y comunidades en el territorio.
FUENTES SIL 2026, Sociedad Rural de Rafaela; Minuto Rafaela, La Opinión; ADN Rafaela; Castellanos; Rafaela Noticias).


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